Progresaba bastante en los estudios de la Primera Enseñanza especialmente en Gramática, Historia y Geografía. Tampoco se me daban mal las Matemáticas, es verdad que me gustaba menos pero mi gran Maestro Don José Florencio Reina que era un excelente matemático y estupendo enseñante de esta materia, ponía mucho empeño hasta que “te entraba en la cabeza”. Casi diariamente, Don José me colocaba a su lado para que leyera una página de El Quijote, aparte de que era uno de los que mejor leía, es que además a los otros niños les daba “vergüenza”. Esta ocasión me servía para subir mi ego y me empeñaba en hacerlo cada vez mejor. Siempre que pedía un voluntario para salir al estrado y desarrollar en la pizarra alguna materia sobre gramática, matemática u otro tema, allá que iba yo. Don José, debió llegar al pueblo para el curso de 1937/38. Procedía de Gerena (Sevilla)de donde prácticamente se vio obligado a pedir traslado, pues al no significarse con el franquismo no contaba con “la simpatía” de las autoridades y “elementos” afines que le tenían envidia. Según me confirma ahora su hija, mi entrañable amiga María Eugenia. Llegaron a suspenderlo por un año de empleo y sueldo sólo por tener ideas de izquierda, sin meterse en nada pues era un hombre prudente. Su esposa se llamaba Irene Trócolis Ubeda, era una mujer muy guapa, sumamente prudente, también, como su marido, agradable y buena persona lo que hizo que se granjeara rápidamente la simpatía y el buen trato de todo el pueblo. Llegaron a Alanís con un hijo, Pepito que, aunque era mayor que yo tres años, llegamos a ser muy buenos amigos y hasta montamos una “gran industria cinematográfica juvenil”. Él, con su ingenio, preparó con una caja de zapatos y una lente que le quité yo a unas gafas de mi abuela, la revolucionaria máquina de cine. Yo hacía los dibujos sobre tiras de papel transparente copiando de los tebeos, repitiéndolos mucho, de tal forma que conseguíamos que se movieran. El cine lo montábamos en un “tinaón” de la parte trasera de la casa de Antoñito “el de Adelina”, otro amigo y compañero del colegio de la edad de Pepito. Nos convertimos en tres socios. Antoñito se ponía en la puerta y cobraba una “perra gorda” por cada entrada. Teníamos bastante éxito “artístico-comercial”. Por lo que nos repartíamos “pingües beneficios”. Yo ingresaba parte en la alcancía y el resto para golosinas y tebeos.
martes, 9 de junio de 2009
PRIMERA PARTE 1938-1948. CAPÍTULO 14º: "De matemáticas al cine"
lunes, 1 de junio de 2009
PRIMERA PARTE 1938-1948. CAPÍTULO 13º: "La radio"
Por entonces, apenas habría unos cinco aparatos de radio en el pueblo. Los que más recuerdo eran dos: el del Casino y el de mi adorable tita Manuela. Allí de forma clandestina escuchábamos Radio Pirenaica en la que hablaban las personas de izquierda huidas de España, lo que nos servía para enterarnos de muchas verdades que se nos ocultaban en nuestro país. Es cierto que, según decían algunos hombres del pueblo imparciales y que eran justos en su proceder, que algunas veces lo que decían era de forma exagerada y sin constatar. Es cierto que a pesar de escuchar esta radio muchos alanisenses, las autoridades disimulaban y al menos, por esto, no se producían represalias, aunque sí hubo muchas, injustamente, por otros motivos. Más adelante escribiré sobre ello. De vez en cuando llegaban revistas sobre la guerra mundial cuyas fotos de los distintos frentes a mí me parecían espeluznantes. Me acordaba, con mucha pena, de mi primo Jacobo que por necesidades económicas tuvo que alistarse en la División Azul y estuvo a punto de morir congelado en el frente de Belgrado. Aún tengo en mi memoria cuando leíamos sus cartas de una caligrafía preciosa y perfecta ortografía. ¡Cómo lloraba mi madre! Al final siempre terminábamos llorando todos. También mandaba modestas cantidades en giro postal, parte de su paga, para ayudar a tirar para adelante a su madre -ya viuda de la guerra civil- y sus hermanos. Tales giros llegaban a nombre de la abuela Dolores con quien se alojaron, muy pobremente, al término de la Guerra. ¡Cuántos potajes, lentejas, cocidos, guisos de patatas “con lo que hubiera”, pan con chorizo o morcilla, compartimos en casa con estos primos!, con la complacencia del bueno de mi padre, que lo hacía con tanto amor como mi madre, dentro de tanta penuria como nos rodeaba. Jacobo y Fernando, aún casi adolescentes, empezaron a trabajar en “los albañiles” como se decía en el pueblo (ahora se dice “en la construcción”) y Paco de porquero, destino que le asignó un panadero en buena posición, llamado Fernando Arcos, para cuyo trabajo, cuidar en el campo de los cochinos (cerdos) le proporcionaba escasa comida, a veces chacina ya rancia, que no se comía su familia, o no se podía vender. Además de hacerle madrugar para que ayudara a amasar la primera hornada de pan, antes de salir para el campo. “Y eso que era compadre de mi tío Paco, caído en la Guerra”. Cuando lo normal, honrado y justo, hubiese sido mandarlo a la Escuela y darle de comer en su casa. ¡Puñetas, que era su ahijado! Ahora me aclara mi primo, que cree que no era mala gente pero que quien “mandaba” era su mujer, la que carecía de cualquier bondad. Estos trabajos fueron por poco tiempo ya que se trasladaron a San Juan de Aznalfarache para vivir allí con su madre.
viernes, 22 de mayo de 2009
PRIMERA PARTE 1938-1948. CAPÍTULO 12º: "Las tertulias en la barbería"
A pesar de mi corta edad tenía pasión por saber de todo, tanto en estudios como de la vida social- humana que me rodeaba. Siempre iba más adelantado de lo que correspondía a mi edad. Y, como era mi disposición a ello, me resultaba bastante fácil gracias a la Barbería, donde, después de estudiar y jugar un rato, me pasaba bastantes horas del día por mi condición de aprendiz. Por allí pasaban personas de toda condición, situación y saber, me refiero sobre la vida, porque en cuanto a cultura, quitando a los profesionales de carrera y algunos pocos que, sin estudios, se habían preocupado por obtenerla. Para la mayoría no hubo Escuela. En el pueblo había una persona muy especial que, sin tener título universitario, era cultísima. Me refiero a mí admirado y querido Maestro en Literatura y Teatro, Don Leopoldo Guzmán Alvarez. (De quien también hablaré más adelante) Entre las personas rústicas, que eran la mayoría de los clientes, existían varios ya mayores que, andarían entre los cincuenta-sesenta años, pero que a mí me parecían mucho más viejos (eso lo aprecio ahora) que me dejaban embelesado. Me contaban interesantes historias del pueblo que a veces ellos con su talento natural, su imaginación y picardía, adornaban hasta dejarlas en un delicioso cuento, que terminaban siempre en sabrosas moralejas. Algunas de estas historias, es ahora cuando las entiendo bien. Estos que, de pequeños, nunca tuvieron la oportunidad de asistir a una Escuela, sabían leer, escribir y como mínimo, las cuatro reglas aritméticas. Es decir”; sumar, restar, multiplicar y dividir”. Para que me entiendan los niños de la generación actual. Era gente buena, afable y con buen carácter, a pesar de los infortunios y de las penurias de la vida que les había tocado vivir, más la canallesca guerra civil que, a pocos salvó de no tener un caído, (hijo o familiar muy próximo). Los hombres más cultos formaban tertulia en la Barbería al final de cada jornada, entre ellos, destacaban; Manolo Rojas y José Alvarez, alias“el grifo”, mi entrañable "compa-
dre” (de quien tendré que hablar más adelante).
Se hablaba del discurrir de cada día en el Pueblo para continuar con los acontecimientos políticos y militares. Casi siempre, bajando la voz en franca complicidad, por el miedo a las represalias de los muy afines al régimen “franquista”. Mi padre, casi siempre hacía de moderador para que no se alteraran los ánimos y por su condición de “hombre libre”. Como curiosidad he de aclarar que, aquellas tertulias, la componían varios amigos entre los que se encontraban hombres con ideas o sentimientos de derecha, de izquierda, republicanos, simpatizan- tes de la monarquía y otros, que, sin ser afines a alguna ideología política concreta, se manifestaban por el camino de lo social-humano. También hacían amplios comentarios sobre la II Guerra Mundial, aunque entonces las noticias llegaban con bastante retraso. Algo lógico, pues a la sazón, estábamos al principio de la década de los Cuarenta. Yo lo escuchaba todo sin pestañear pues me parecía que hablaban de un cuento fantástico, con el que terminaba soñando a voces y, alguna vez que otra me tiré de la cama haciéndome algún chichón.
Recuerdo con mucho cariño a José Fernández, alias “José Veneno”, mote familiar, pues, este buen hombre, de veneno no tenía nada. Era una gran persona, y muy liberal, cuyas tertulias con él eran muy amenas, sabía de todo un poco. Era muy servicial y a mí me trataba siempre con un afecto especial, aunque repito que, dada mi corta edad por aquellas fechas, no todo lo que escuchaba entendía. Y también recuerdo aquellos enormes y deliciosos caramelos de café con leche, que él traía de Almendralejo para vender en su taberna pero que a mí, siempre me regalaba “un puñao”–como él decía-. Lo que siempre le agradecí. También me decía algunas veces, al encontrarnos: “El puñetero coloraíllo este, lo que sabe”. Era de las personas del pueblo, que más sentí perder.
dre” (de quien tendré que hablar más adelante).
Se hablaba del discurrir de cada día en el Pueblo para continuar con los acontecimientos políticos y militares. Casi siempre, bajando la voz en franca complicidad, por el miedo a las represalias de los muy afines al régimen “franquista”. Mi padre, casi siempre hacía de moderador para que no se alteraran los ánimos y por su condición de “hombre libre”. Como curiosidad he de aclarar que, aquellas tertulias, la componían varios amigos entre los que se encontraban hombres con ideas o sentimientos de derecha, de izquierda, republicanos, simpatizan- tes de la monarquía y otros, que, sin ser afines a alguna ideología política concreta, se manifestaban por el camino de lo social-humano. También hacían amplios comentarios sobre la II Guerra Mundial, aunque entonces las noticias llegaban con bastante retraso. Algo lógico, pues a la sazón, estábamos al principio de la década de los Cuarenta. Yo lo escuchaba todo sin pestañear pues me parecía que hablaban de un cuento fantástico, con el que terminaba soñando a voces y, alguna vez que otra me tiré de la cama haciéndome algún chichón.
Recuerdo con mucho cariño a José Fernández, alias “José Veneno”, mote familiar, pues, este buen hombre, de veneno no tenía nada. Era una gran persona, y muy liberal, cuyas tertulias con él eran muy amenas, sabía de todo un poco. Era muy servicial y a mí me trataba siempre con un afecto especial, aunque repito que, dada mi corta edad por aquellas fechas, no todo lo que escuchaba entendía. Y también recuerdo aquellos enormes y deliciosos caramelos de café con leche, que él traía de Almendralejo para vender en su taberna pero que a mí, siempre me regalaba “un puñao”–como él decía-. Lo que siempre le agradecí. También me decía algunas veces, al encontrarnos: “El puñetero coloraíllo este, lo que sabe”. Era de las personas del pueblo, que más sentí perder.
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